
Y más.
Y cuánto más quisiera desbocarme en tu abismo, tus silencios, tus lagunas llenas.
Con vértigo de espanto me asomo a la grandeza de tu omnipotencia, me mareo, me hundo, me falta el aire y caigo en vuelo recto, en picada, a la paja de tu pesebre suave y allí estoy a tu lado absorbiendo a raudales el olor de tu piel, húmeda a leche, a ternuras húmeda.
Me ahogo ya en tu llanto, en tus gorjeos de pajarillo niño y mi voz ya te cubre, te envuelve en tus pañales con el tono humilde de tembloroso canto.
¿Quién si no tú mi niño me haces salvar distancias, me subes a las cumbres, me bajas a la paja?
¿Quién si no tú me llenas los vacíos del alma?
¿Quién si no tú mi niño, me devuelves la calma?
Mi Rey, mi pequeñuelo,
mi universo, mi agua,
mi abismo, mi silencio,
mi todo, ahí en la paja.

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